En busca de Mary Shelley

La tormenta rugía con fuerza. El viento planeaba alrededor de la casa, buscaba un recoveco por el que colarse. La lluvia golpeaba los cristales, imaginaba sus dedos fríos tratando de abrirse paso hacia mí. Los truenos reclamaban atención. Los relámpagos provocaron sombras extrañas que exaltaba la imaginación. Desde la cama, tapada hasta la nariz, con el cuerpo cubierto de una capa fina de sudor y temor, no pude evitar pensar que en una noche tan aciaga como esa debió de gestar Victor Frankenstein a su criatura.

Todo el enfado de la naturaleza para insuflar vida en los fragmentos desmembrados y unidos con pulcritud y esmero profesional. El rostro pálido lleno de cicatrices y mirada vidriosa. Esos ojos amarillos tras el pelo fino y grasiento clavados en los míos. Su enorme mano, extrañamente cálida alrededor del cuello y su aliento agrio, de penalidades nocturnas rumiadas durante décadas bajo tierra, volcado sobre mí.

Encendí la luz y fijé la vista en los libros acumulados en la mesa. Ellos eran mis únicos compañeros en esa noche tempestuosa. El título de Frankenstein atrajo mi atención, en la edición de Planeta con prólogo de la escritora Siri Hustvedt. Cogí el hermoso ejemplar con delicadeza, como si de él pudiera salir de verdad la criatura de mis pesadillas. Desperté sus páginas del letargo para revisar algunos pasajes.

Mis pensamientos estaban espoleados, tengo que reconocerlo, por el reciente estreno de la película del director Guillermo del Toro, Frankenstein, que había visto antes de acostarme. Soy una admiradora de la obra de Mary Shelley en todos sus formatos, así que cada versión cinematográfica de su Frankenstein atrapa mi curiosidad. Admito que en este caso concreto al acabar de ver la película me invadió una cierta desazón.

Estamos acostumbrados a ver a un científico apresado por la febril búsqueda del elixir de la vida y que, en su engreimiento, juega a ser dios y obtiene una criatura monstruosa y grotesca que solo siembra maldad. En esta línea todos nos quedamos tranquilos y entendemos el deseo de Victor de querer eliminar a su engendro. Al final del la versión que hayamos visto, pensamos que el mundo es un lugar mejor y que el doctor ha purgado de forma suficiente sus pecados porque las atrocidades que el monstruo ha cometido son casi todas por venganza hacia su persona. Así que con el monstruo muerto, o al menos bastante desaparecido, se da por zanjado el asunto y no se plantea nada más. Todos dormimos con la certeza que lo muerto va a seguir muerto y el orden preestablecido permanece.

Diferencias con la obra original

Sin embargo, en esta nueva versión hay aspectos diferentes que pretenden profundizar tanto en el punto de vista del creador, como en el de la criatura.

Hago ahora una advertencia a los incautos lectores: aquellos que no hayan visto la película pueden encontrar aquí un leve resumen de lo que en ella acontece. Si continúan leyendo les serán revelados parte de las claves en las que, el cineasta Guillermo del Toro, difiere de la versión original y ha introducido su toque personal y su visión particular de la obra.

Sí, la historia principal a grandes rasgos está presente y los nombres de los personajes creados por Mary Shelley hace más de doscientos años también. Pero no he podido dejar de preguntarme: ¿Dónde estaba Mary Shelley y aquello que ella había querido contar en esta versión? ¿Qué pensaría la autora de esta guionización, por qué no decirlo, tergiversada de su obra?

No es solo ya que los comienzos sean diferentes. En la obra original, Victor Frankenstein proviene de una familia amantísima, el prototipo de familia romántica idealizada por Mary Shelley, una familia servicial donde incluso se difuminan los papeles de cada género. Esta circunstancia poco habitual en una sociedad eminentemente patriarcal, pone de manifiesto aún más en este caso, como Victor, a pesar de su educación amable, liberada y erudita de base, adquiere con respecto a su creación un comportamiento deficiente.

Por el contrario, en la película, la relación con su padre es conflictiva. Se muestra a un padre distante, al que hace responsable de la prematura muerte de su madre. Incluso Victor es castigado cuando no llega a los objetivos marcados por su estricto progenitor. Algo que se refleja en el posterior comportamiento de Víctor con su creación. La recién nacida criatura es atormentada con un palo cuando no cumple los requisitos impuestos por su creador en la curva de aprendizaje que este ve necesaria para considerar si merece o no estar vivo.

En la película es la muerte de la madre la que supone el detonante para la búsqueda incesante de la chispa de la vida. Y no solo la soberbia y el egocentrismo que despliega Victor Frankenstein como insinúa Mary Shelley en la obra original, acolchado por el trato comprensivo y devoto de sus familiares. Estos entienden la dejadez y distanciamiento de Victor hacia ellos como la búsqueda incesante de la erudición como un camino hacia la bondad y enriquecimiento personal. Un orgullo, en resumen, para la familia.

Podría hablar también del intento frustrado del asesinato de la criatura que se produce en la película, o incluso de las acciones que provocan que Victor mate, de forma accidental, a su hermano William y a Elizabeth. Ambos con papeles muy diferentes de los asignados por la autora. Así como el hecho de que Elizabeth se enamore de la criatura o que sea finalmente Victor el que pida perdón a su creación. Es cierto que esto último sí que me pareció un detalle adecuado para el recorrido de la obra y coherente con el retrato que Del Toro hace del doctor Frankenstein.

Empatizamos  con el monstruo creado aunque no queramos. El espectador ve de forma clara que solo y a causa de la negligencia de su creador la criatura es considerada un secuaz del diablo. A pesar de que la mayoría de los actos en los que se ve envueltos son circunstanciales. Sus intentos de bondad han sido frustrados en cada caso. No tuvo posibilidad alguna de que acabara con un final feliz porque el creador estaba aterrorizado con su creación y dispuesto a enmendar su error. Víctor se ve en el derecho de matar a la criatura por el hecho de haberle dado la vida. No se plantea nada más.

No puedo olvidar tampoco la gran ausencia: el personaje de Clerval. En la obra original, Clerval representa todo lo que no es Victor, de hecho parece que se complementan entre sí, como dos caras de una misma moneda.

Historia sin alma

Los personajes de la obra son en parte un reflejo de aquellos que tenían relevancia en la vida de la autora. Al omitir a Clerval, como si fuese un personaje anodino e intrascendente, Del Toro le quita parte del alma a la historia. Clerval acompaña a Victor desde el principio y está con él en sus peores momentos. Obvia un personaje que representa más de lo que parece en la obra, representa todo lo positivo de la vida de Victor, y al morir lo hace el último resquicio de bondad que queda en él. Ni siquiera su amor por Elizabeth lo redime, porque todos los lectores saben que al casarse con ella, la condena. Confirma Victor así su egoísmo extremo.

Pero como quería señalar las diferencias van más allá de que los personajes tengan asignados papeles distintos, e incluso que la trama no sea fiel en aspectos importantes del original. Hay una diferencia esencial para mí al menos. Y esto reside en lo que quería contar una joven Mary Shelley cuando desarrolló su idea en la Villa Diodati, en ese año sin verano, apresada ella misma de sus monstruos: ser una hija sin madre y con un padre ausente que la había repudiado; la pérdida reciente de su primer hijo; la relación con su marido Percy Shelley y su soberbia intelectual que lo lleva a infravalorar los escritos de Mary. Incluso cuando los corrige en algunas circunstancias tergiversa, sin querer imagino, el sentido que Mary quiere darle a ciertos pasajes.

En este contexto, Mary se convierte en su propia criatura, dejada a su suerte por un creador irresponsable que se horroriza de dar la vida a un ser diferente a quien no solo no puede controlar sino a quien no entiende porque le falta la empatía y la responsabilidad para ello. Y luego se lamenta por las atrocidades que comete, bajo una aparente y banal  venganza, que a pesar de lo cruel, no refleja la parte más importante de la historia.

La película aporta en cualquier caso la particular visión de su guionista y director, que reinventa en casi todos los sentidos un clásico de la literatura. Y para todo aquel que le interese el género puede pasar casi tres horas viendo algo que, aunque lleve su nombre, poco tiene que ver con el original. Si aún así se aventura a ver la película, si pretende encontrar algún rastro de Mary Shelley, suerte.



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