Pedro Martí: «La mala hija, más allá de lo negro, es una novela de personajes»

El pasado año 2025 trajo dos sorpresas editoriales en forma de novelas: Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, ya reseñada en esta revista literaria por Rosario Tey, y La mala hija, de Pedro Martí, que por el momento lleva once ediciones en Destino. Serán más, seguro. Pedro Martí es cliente de mi asesoría literaria. La mala hija es una novela negra cuyo manuscrito recibí en octubre de 2023 y de inmediato me percaté de la maravilla que tenía entre manos, aunque hubo que recortarla y pulirla porque era mucho más larga. La versión que pueden leer ahora tiene algo más de 650 páginas, que se hacen cortas porque estamos ante una trama llena de misterios, con un ritmo frenético, giros inesperados, y repleta de emociones que se beben en capítulos que cortan el aliento.

El punto de partida de La mala hija es la desaparición de una adolescente en Almansa, un pueblo de Albacete aparentemente tranquilo donde “nunca pasa nada”. ¿Qué le interesa narrativamente de estos lugares?

—La verdad, sobre todo la verdad. Ambientar mi historia en un lugar que uno conoce tan bien, acaba reflejando un sentimiento de verdad en sus páginas (o eso pretendía). Pero también me interesa la mentira, esa que surge en todas las familias y vecindarios, que está fielmente protegida por las apariencias.

—Hay varias subtramas que enriquecen mucho la novela al margen de la investigación policial, donde se profundiza en el maltrato, la corrupción, el machismo, los abusos sexuales…

—Al final, la literatura, y muy especialmente la novela negra, permite hacer un retrato fiel de la sociedad, con mis preocupaciones de ese momento histórico concreto. En una novela tan actual, era necesario tocar ciertos temas que nos atañen. Eso sí, sin decirle a nadie lo que debe pensar en cada caso. Dios me libre de aleccionar o dar sermones.

—La pareja de investigadoras que se hace cargo del caso es bastante atípica, y su relación bastante peculiar, pues son dos hermanas, Alma y Paula, con mucha tensión y rivalidad entre ellas. Mi buen amigo Félix J. Palma me comentó que fue lo que más le gustó de la novela. ¿Qué le atraía de explorar las dinámicas familiares tóxicas y los secretos entre hermanos?

—Qué alegría que un autor al que admiro tanto como es Félix diga cosas tan bonitas sobre la novela de uno. Creo que la relación entre Alma y Paula es precisamente el primer punto de ruptura con la sensación de que vamos a leer una vez más la enésima historia sobre la desaparición de una chica en un pueblo. La sangre no se elige, y creo que los sentimientos, buenos y malos, que se gestan en una familia que ha sufrido lo suyo, son un caldo de cultivo perfecto para una historia como esta.

—El título puede engañar al lector. ¿Quién es la mala hija en su novela?

—Supongo que en parte es un juego. Me gusta que el lector esté buscando a la mala hija en sus páginas. ¡No será por candidatas! Sin embargo, sin entrar en spoilers, te diré que acaba verbalizándose de quién hablamos de un modo mucho más concreto.

—El thriller actual propone últimamente capítulos cortos, giros, sorpresas y mucha acción. ¿Cómo se mantiene la tensión en una novela de más de 650 páginas sin decaer en ningún momento?

—Fue todo un reto, la verdad. Profundizar en personajes secundarios al mismo tiempo que se mantiene la tensión era un verdadero problema, pero tratar de resolverlo fue muy satisfactorio. ¡Me gustan los retos! Supongo que, lo principal fue medir cada frase, cada pequeño fragmento de información, estudiar mucho la escaleta para que no existiese esa sensación de que no pasa nada de la que (incluso como lector) huyo como alma que lleva el diablo.

—Recomiéndonos La mala hija más allá de lo que aparece en la contracubierta del libro.

—Pues te diría que es un thriller, sí. Con sus giros, capítulos cortos, ritmo… Pero más allá de eso y más allá del punto de partida tan estereotípico que tiene la historia, creo que es una novela de personajes, y que, si les das una oportunidad acabarán importándote tanto o más como resolver el rompecabezas del caso.

—¿Qué nos puede contar de La mala hija 2?

—Muy poco, me temo. Puedo decirte que ya la tenía bastante planificada antes del lanzamiento de la primera, que volveremos a Almansa con Alma y compañía, y que será una historia sobre la amistad y la paternidad, un poco en la línea de Mystic River. ¡Estoy deseando terminarla! Si todo va bien, la tendréis en vuestras manos en 2027.

¿Cuándo comenzó a escribir y qué le motiva a hacerlo?

—Creo que comencé a escribir relatos en el instituto, marcado por el impacto que produjo en mí La verdad sobre el caso Savolta, de mi admirado Eduardo Mendoza. Lo que me motiva a hacerlo es que me encanta contar historias, ni más ni menos, y me gusta mucho escribir tramas y personajes que me hubiese gustado leer.

¿Cómo se clasificaría como escritor?

—¡Qué pregunta más difícil! Bueno, para bien o para mal, soy un tipo bastante honesto, así que, si tuviese que destacar algo de mí como autor, quizás serían las tramas complejas, la construcción de personajes y los diálogos. Disfruto especialmente con las últimas dos. No podría escribir novelas con personajes esquemáticos, así que creo que ese rasgo es lo que más me define.

—Hemingway decía que escribía sobre lo que sabía. Otros escritores escriben para averiguar. ¿Para qué escribe usted?

—Para entretener, y aunque suene egoísta, sobre todo para entretenerme a mí. Escribo lo que me gustaría leer, y tengo la inmensa suerte de que se trata de un género que también cautiva a muchísimos lectores. Si me hubiese gustado escribir sobre la reproducción de los caracoles, lo habría hecho. Creo que, aunque suene egoísta, uno tiene que escribir lo que quiere, siempre, sin pensar en los demás.

¿Sigue una disciplina/rutina para escribir?

—Debería, pero tengo un nene de tres años, así que hago lo que buenamente puedo. Lo que sí llevo a cabo es un plan muy detallado de todo lo que va a suceder en mis tramas, y para eso lleno libretas de notas antes de sentarme frente al ordenador.

¿Piensa en un lector determinado a la hora de escribir?

—Como te contaba, me temo que solo pienso en uno: en mí mismo. Tengo la suerte de que mis gustos se asemejan a los de muchos lectores.

¿Corrige mucho?

—Sí, sin duda. Creo que no se puede aspirar a profesionalizar la escritura sin las herramientas adecuadas. A mí me interesa mucho mejorar. Siempre he sido así: en el deporte, como autor, como docente y, como padre, por supuesto. Para mejorar no queda otra que aprender de los mejores, que tener tus oídos bien abiertos y escuchar consejos de los que saben más que tú. Ser autocrítico es primordial en este oficio. En este sentido, siempre recomiendo a los autores que cuestionen todo, que pongan sus textos a prueba con ojos como los tuyos, los de un asesor literario contrastado, que ha ayudado a limar novelas que han acabado (como la mía) en grandes editoriales. Creo que una labor de asesoría literaria como la que me ofreciste es muy necesaria para ver ciertos problemas en un texto cuyo autor difícilmente podría detectar. Contratar un buen par de ojos ajenos, de los que te van a ayudar a mejorar como autor, es toda una inversión.

¿Dónde escribe? ¿Cómo es ese sitio?

—Intento hacerlo en mi despacho, pero puedo amoldarme a las circunstancias sin mayores problemas. Me gusta, eso sí, que el teclado que uso sea mecánico, de los de siempre, de los que suenan al percutir sus teclas.

¿Qué ha aprendido de sí mismo leyendo que no hubiese podido aprender solo?

—He aprendido de todo en los libros. Del amor, de la vida… Se me hace muy difícil pensar en el ser humano que sería de no haber tenido los libros en mi vida. Dice Pérez-Reverte que gracias a los libros está preparado para la vejez, incluso para irse algún día (ojalá nos dure muchos años más). Tengo también esa sensación: que los libros me hacen no estar solo en mis miedos. Otros autores los han tenido también, y no solo ahora, sino en todos los momentos de la humanidad. Tengo más en común con Paul Auster (su preocupación por el azar, por la muerte) que con muchas personas a las que sí que conozco en persona, con las que sí que he compartido un café.



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