06 Abr Un libro ético y estético

En los surcos de la historia, donde la memoria suele dejar a quienes desafiaron los límites, florece Inventario de siembra, un libro de relatos que reúne historias de mujeres que, desde geografías y épocas diversas, comparten la voluntad de romper con las normas impuestas y desafiar lo que la sociedad espera de ellas. Nancy Cunard, Emma Goldman, Camille Claudel o Theresa Cha, entre otras, protagonizan un mosaico de vidas de mujeres que apostaron por la libertad, el arte y la autenticidad.
Hay libros que olvido tal como los coloco en la estantería; libros que me aburren o no me aportan nada y que dejo a medio leer —antes era incapaz de hacerlo, pero ya estoy en tiempo de descuento—; otros que me enriquecen, me enseñan, me interpelan y me hacen pensar; estos son los elegidos que pasan a formar parte de mis esenciales».
Así empezaba hace unos años la reseña que escribí del libro El verano que mi madre tuvo los ojos verdes y así me permito comenzar la de Inventario de siembra, de Thaïs Gamaza, porque sin duda se ha convertido en uno de los esenciales en mi biblioteca.
Publicado en 2025 por la editorial Dieciséis, el libro está compuesto por catorce relatos breves que se mueven entre la memoria y la reivindicación y cuyo propósito es traer al presente la figura de mujeres que desafiaron las normas sociales que la cultura patriarcal les impuso en sus respectivas épocas.
La obra no tiene un hilo narrativo único, salvo la voluntad de rescatar del olvido a un puñado de mujeres cuyas vidas estuvieron marcadas por la creación a contracorriente, la disidencia y la violencia patriarcal que las confinaba en instituciones —como a Camille Claudel—, las abusaba o, sencillamente, las invisibilizaba; mujeres que «tienen las uñas rotas de escarbar en el olvido», como confiesa Nancy Cunard en el relato Un mapa de abalorios en la piel, o que se bañan desnudas en la bañera de Hitler mientras un par de botas, manchadas con la tierra del campo de exterminio de Dachau, reposan en el suelo frente a ella.
Destaca la estructura fragmentaria a la que su autora ha recurrido. Así, cada relato funciona como una unidad cerrada en cuyo interior la narración fluye a través de planos superpuestos; recuerdos que evocan mundos: «Desde la habitación, escapo cuando revivo sin una cronología fiable los centelleos de libertad que experimenté a su lado», frases que perforan la conciencia con una lucidez implacable: «Las guerras son guerras entre ladrones demasiado cobardes para pelear, que inducen a los peones de todo el mundo a hacer la lucha por ellos», y acciones relatadas en infinitivo: «Pasar frío en los muslos, en el culo que reposa contra el cemento. Ser parte de la oscuridad del maletero de una camioneta. Perder una vida que ha sido varias vidas y otras veces solo media», como hace la autora en Dictée, relato sobre la escritora Theresa Hak Kyung Cha en la que evoca su asesinato.
Cada relato retrata a una mujer, cada una con su historia, con su drama, con su grandeza; si bien su autora huye deliberadamente de los patrones de la narración biográfica y se sumerge en un magma sensorial que evoca, recuerda, intima con sus protagonistas, las habita y reconstruye sus existencias. Y ese es, a mi juicio, uno de sus principales valores: ofrecer una imagen parcial, una pincelada de vida que inocula en el lector la necesidad de saber más, de hundirse en sus profundidades y en su complejidad, de empaparse de sus existencias y, gracias a ello, ampliar la conciencia y comprender cuánto dolor, humillación, brutalidad y castración sufrieron esas grandes mujeres solo por el hecho de serlo.
Apuesta rompedora
La autora ha hecho una apuesta rompedora en este libro, en el que se suceden las acciones breves y fragmentadas, lo cotidiano, lo onírico y lo trágico, y en el que no se ahorra la presencia de la muerte («Ese día llené mi campana de cristal de un monóxido de carbono que me trajo aquí para siempre», evoca Sylvia Plath en el relato Tres funerales), la locura y la degradación física y mental como eslabones tristemente necesarios de la cadena de la vida. Todo ello sostenido por una prosa exacta y contenida que evita el adorno superfluo y la grandilocuencia; una prosa revestida de una intensa carga sensorial en la que las imágenes irrumpen con una potencia devastadora para evocar la historia, reconstruir la experiencia y devolver el protagonismo a los sentidos.
De este modo, Thaïs Gamaza consigue anclar lo corporal a la memoria: «Abrir tu pecho a una autopsia. Quedarte vacía». «Los órganos que contiene mi cuerpo enjuto transmutan con el transcurrir de las horas». «La piel se te queda pálida por falta de sangre». «Abro el ojo derecho y una lámina amarillenta y seca se hace presente», demostrando que las historias no son pura abstracción, sino huellas físicas que permanecen en la memoria de la piel.
No puedo evitar elogiar el relato Instrucciones para un sueño lúcido, dedicado a María Silva Cruz, la Libertaria; una anarquista cuya familia fue asesinada en los sucesos de Casas Viejas y que acabó siendo fusilada con veintiún años por las fuerzas franquistas. Verdaderamente magistral es la estructura que ha elegido la autora: la de un proceso onírico dividido en fases —«Actividad theta», «Complejo K», «Actividad delta», «Sonambulismo», «Sueño paradójico»— a través del cual se da instrucciones al hijo de María sobre cómo proceder para entender lo sucedido con su madre, para borrar años de ausencia, para integrar el horror en su vida y traer al presente a la madre ausente: «Una vez despierto, sacúdete el polvo de la cuneta. Repite el proceso cada vez que necesites a tu madre». Para mí, siendo todos los relatos sobrecogedores, este es el que contiene una carga emocional más profunda, convirtiendo la memoria histórica en un ejercicio de inmersión repetible, frágil y reversible que permite volver a lo no resuelto y, con ello, ofrecer esperanza y cierta reparación.
Inventario de siembra es un libro profundamente ético y estético cuyo valor no reside tanto en la recuperación de la figura de mujeres fundamentales en la historia como en la manera en que se las convoca: desde la memoria responsable y el recuerdo sentimental, desde la intención de sembrar, de dejar preguntas en el aire, de ofrecer materia viva a la que dar nuevas interpretaciones, de poner voz donde hubo silencio.
Fotografía cedida por la autora.

Contadora de historias y buscadora por pura necesidad. Escribo porque una sola vida, aunque fuera centenaria, siempre me sabrá a poco.