La dignidad de la vejez

«Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: “Le debo tanto”. O “sin ella, probablemente ya no estaría aquí”. Pensaba: “Es tan importante para mí”. ¿Es así como se mide la gratitud? ¿Fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?».

Creo que no podría haber escogido un libro mejor para escribir mi primera reseña, porque hay libros que emocionan y que, sin hacer ruido, se quedan contigo. Libros que te atrapan desde la primera página y que te hacen recorrer la historia que te están contando con una sencillez difícil de explicar porque al terminar notas la huella, casi física, que ha dejado en ti. Y así ha sido mi paso por Las gratitudes, publicado en España por Anagrama.

La autora, Delphine de Vigan, francesa y arraigada en París —esa ciudad que, de alguna manera, también forma parte de mis propios recuerdos— va tejiendo un relato sereno que reflexiona sobre la vejez, la pérdida, los recuerdos, la infancia, el poder de las palabras… Y, por supuesto, la gratitud.

El libro plantea en su inicio una pregunta tan simple que rara vez una se detiene a hacerse: ¿a quién le daríamos las gracias? Las gracias de verdad. ¿A quién se las hemos dado realmente? ¿Hemos sido capaces de reconocer a tiempo a esas personas que, sin hacer ruido, aportaron tanto a nuestras vidas? A veces sí. Pero muchas otras, no. En ocasiones damos por hecho lo importante, lo dejamos para más adelante hasta que las ganas se diluyen en el tiempo y las intenciones desaparecen. Y es desde esa reflexión —que inevitablemente se vuelve personal— desde donde comienza el libro. Todo en un texto breve, que hay que leer casi con mimo, dosificándolo, para que no se acabe tan pronto.

La historia va dando saltos en las vidas de Marie y Jérôme. Ambos te acompañan en los últimos meses de vida de Michka, una anciana que va perdiendo poco a poco su lucidez y su capacidad para nombrar el mundo que la rodea. Y entonces una entiende que las palabras no son solo herramientas comunes del día a día. Son recuerdos. Son el vínculo que creamos con los demás y, sin ellas, algo demasiado importante desaparece también. Y sin poder evitarlo surge un pensamiento: sin palabras, ¿cómo agradecemos? ¿Cómo explicamos qué sentimos o qué necesitamos? Y, tal vez en este sentido, Las gratitudes te anima no solo a dar las gracias cuando tenemos la oportunidad, nos avisa de que no esperemos hasta que sea demasiado tarde. Que usemos el lenguaje mientras lo tenemos, que usemos el tiempo mientras lo hay.

Aunque he de decir que esta historia no solo trata el tema de la gratitud, también habla de la vejez. Pero no lo hace solo desde un punto de vista del deterioro del cuerpo y de la mente, sino que la autora lo encara desde la conciencia de ese deterioro mientras sucede. Delphine de Vigan nos habla de la vejez como una etapa en la que, poco a poco, Michka va perdiendo lo que antes había ganado. Como si, a medida que una se hace mayor, desanda el camino recorrido y, mientras tanto, solo queda la resignación y la espera.

Lo que sorprende es que consigue hacerlo desde la ternura, escribiendo un relato genuinamente conmovedor. Y es ahí donde reside gran parte de la belleza de esta novela. Porque en un momento en el que la vejez parece haberse convertido en algo que se oculta, que incomoda y que se aparta a golpe de aguja y bisturí, este libro hace lo contrario: coloca esa etapa en el centro de la narración y le devuelve la dignidad que, muchas veces, hemos olvidado darle. Abordándola sin rechazo, con naturalidad y cariño.

Pero leer Las gratitudes no es solo leer una historia, sino también enfrentarse a una verdad inevitable, porque, al final, con un poco de suerte, todos llegaremos a esa etapa de la vida… Sumergida en estas reflexiones he llegado al final de la historia. Y aunque desde el principio se sabe el desenlace, hay una parte en el lector —al menos una parte en mí— que deseaba que fuera diferente. Que no ocurriera. Y de pronto, me he encontrado llorando como hacía años que no lloraba con un libro. Aunque he de decir que no he llorado desde la tristeza, sino desde algo más profundo, más íntimo. Tal vez porque la historia emociona con su sencillez y nos recuerda que no dejemos nada pendiente para otro día, que no guardemos las cosas que deberíamos expresar, que no demos nada por hecho.

Quizás esa sea la moraleja de esta novela, si tuviera una: que aprendamos a poner palabras donde antes había silencio. Que aprendamos a agradecer. A cerrar círculos y heridas. Porque hay cosas que no deberían quedarse sin decir. Y porque, como nos recuerda esta historia, nunca sabemos cuánto tiempo nos queda —ni cuántas palabras— para hacerlo.



Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies