19 Jul La insoportable necesidad de la inquietud

Los personajes de Samanta Schweblin se encuentran en un punto de no retorno, encandilados por el fulgor de la inminente tragedia. Vulnerables y profundamente humanos, están atrapados en ese instante en que lo extraño asoma a sus vidas para transformarlas, dejando a algunos de pie frente al dolor, a otros dialogando con la culpa o la ternura y a todos atravesados por la incertidumbre.
No puedo leer a Samanta Schweblin en la cama. Después del primer relato de El buen mal tuve que dejar el libro sobre la mesita de noche y mirar un buen rato al techo. Descubrir que tengo arañas. Beber agua. Caminar de un extremo de la habitación al otro. No porque hubiera pasado algo explícitamente terrible, sino por esa clase de incomodidad difícil de explicar.
Porque Schweblin es una escritora que instala la inquietud en tu cuerpo, que deja en el lector imágenes cargadas de significado. Como la cabeza del caballo en El Padrino: una imagen que permanece más tiempo en la memoria que el propio disparo a Vito Corleone.
La escritora argentina afincada en Berlín lleva años resonando en ciertos círculos literarios españoles, aunque ha sido recientemente, tras ganar el polémico Premio Aena de Narrativa —dotado con un millón de euros y rodeado de debate precisamente por su enorme cuantía—, cuando su nombre ha empezado a salir con verdadera fuerza.
Di con sus textos hace más de diez años, en un taller de escritura creativa, cuando todavía no tenía del todo claro lo conocida que era. Al menos en mi entorno, no parecía serlo demasiado.
Recuerdo especialmente un cuento sobre una niña en un centro comercial acompañada por un hombre desconocido. Ahí descubrí algo que luego se repetiría en toda su obra: ese talento casi animal para elegir exactamente qué contar y qué dejar fuera.
Ese fuera de campo es precisamente lo que Schweblin domina como pocos escritores contemporáneos: lo no dicho, la posibilidad de varias lecturas coexistiendo al mismo tiempo y esa extraña capacidad para dejar al lector suspendido en la duda.
Después confirmé ese talento en Pájaros en la boca, una colección de relatos atravesados por situaciones profundamente grotescas: una niña que come pájaros vivos, unos amigos que asesinan al dueño de un bar de carretera o la extraordinaria Papá Noel no duerme en casa, donde Samanta Schweblin vuelve a demostrar su capacidad para usar una voz infantil como vehículo de una verdad profundamente adulta. Algo que, de alguna manera, ya estaba presente en aquel primer cuento suyo que consiguió que su nombre se me quedara grabado.
Si Schweblin ya me había cautivado años atrás, ahora regresa con El buen mal, un libro compuesto por seis relatos, posiblemente algunos de los textos más depurados y precisos que le he leído hasta ahora.
Paralelismos emocionales
Hay tres piezas, responsables directas de mi insomnio, especialmente inquietantes. En Bienvenidos a la comunidad, hay una mujer incapaz de quedarse tranquila dentro de la felicidad, como si necesitara el dolor para sentirse realmente viva. En Un animal fabuloso, un niño decide arrojarse por la ventana en su obsesión por parecerse a un caballo.
El ojo de la garganta es la historia de un niño que, tras tragarse una pila de litio, pierde la capacidad de hablar. Schweblin vuelve a insinuar aquí la fractura de una pareja, pero lo hace además a través de uno de esos narradores imposibles que tanto le interesan: una voz infantil que, al mismo tiempo, parece una voz adulta. Un equilibrio técnicamente dificilísimo de sostener y que, sin embargo, ella resuelve de forma magistral.
Con William en la ventana, parece bajar la intensidad por un momento. Durante un retiro de escritura, una mujer escucha a otra hablar obsesivamente de su gato envenenado mientras ella misma espera noticias médicas de su pareja. Y es ahí donde Schweblin vuelve a demostrar algo: la capacidad de construir paralelismos emocionales sin subrayarlos jamás.
Y aun así, creo que lo mejor del libro llega al final, con La mujer de Atlántida y El superior hace una visita, mis relatos favoritos de toda la colección. Y es precisamente aquí donde, por momentos, pensé en Flannery O’Connor. No tanto por lo grotesco en sí, sino por esa manera de construir mundos ligeramente torcidos, donde los personajes aceptan situaciones morales o emocionalmente extrañas con absoluta normalidad. Como en aquel célebre cuento de O’Connor en el que un vendedor ambulante de biblias termina robándole la pierna ortopédica a una joven que intentaba convencer religiosamente.
Un territorio completamente propio
Quizá mi deformación profesional por el audiovisual me lleve siempre a intentar hacer esto: comparar las obras con algo ya conocido. Lo que dicen que debe tener un buen pitch. Friends, pero más triste. El Padrino, pero más europeo.
Y, sin embargo, con Schweblin esa operación termina resultando extrañamente difícil.
Sí, hay algo de las escritoras del sur norteamericano como O’Connor o Carson McCullers. También algo de la precisión emocional de Lorrie Moore o incluso de ciertos mecanismos del cine de David Lynch.
Pero no del todo.
Porque Schweblin termina habitando un territorio completamente propio. Algo que consigue también gracias a esa musicalidad tan particular de la lengua argentina, que vuelve todo todavía más raro, más cercano y más suyo. También por la oralidad y contemporaneidad de un lenguaje que no termina de parecerse demasiado al de los grandes maestros clásicos del cuento argentino.
«Primero pienso en la emoción a la que quiero llegar. La historia aparece después», confesó Schweblin en una entrevista. Y creo que esa frase resume perfectamente el tipo de escritora que es. Parece que su misión fuera instalar una emoción y sostenerla página tras página, hasta conseguir que el lector siga pensando en sus relatos por la noche o en la cola del supermercado.
Y quizá ahí resida el verdadero poder de la literatura: no en explicar el mundo, sino en alterarlo ligeramente. Lo suficiente como para seguir inquietándonos mucho después de cerrar el libro.

Vivo entre la narrativa, el audiovisual y los eventos.
A veces cuento historias con cámaras y otras escribiendo. Me interesan especialmente las historias incómodas y las pequeñas rarezas de la vida cotidiana.